Nunca supimos tanto y entendimos tan poco

Raros y Felices··substack
Nunca supimos tanto y entendimos tan poco

1.

Llevábamos tres días de 2026 y ya estábamos siendo espectadores del descalabro del mundo. Quizás Bertrand Russell tenía razón: los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas. Basta encender la televisión para comprobarlo.

Son tantas las malas noticias a las que estamos expuestos día a día, en la televisión y redes sociales, que pareciera que nada bueno ocurriera en el mundo. Mis padres por ejemplo, cuyo mayor acompañamiento es la televisión, replican el discurso del malestar a cualquiera que los escuche. La idea de que el mundo de hoy es más peligroso que nunca se propaga como un virus. No importa si los datos lo confirman o no: lo importante es que lo sentimos así. ¿Será que el mundo realmente se está yendo cuesta abajo como creemos?

Supongo que las buenas noticias no son rentables. Supongo también que, a diferencia de las malas, no generan adicción. Con las malas queremos saber cómo sigue, el minuto a minuto, estamos pendientes de los Breaking news, saber qué opinan los que saben y los que no también. Porque si algo nos han legado las redes sociales, aparte de las fake news, son los opinologos que no llegan a procesar una idea y ya están tipeando de forma impulsiva su opinión de 280 caracteres.

Cuando estaba en la universidad, un compañero que no había leído el texto asignado para la clase empezó sin más a elaborar un comentario basado en: su opinión. El profesor, seguramente acostumbrado a este tipo de situaciones, lo invitó a opinar con base teórica y dejar sus opiniones para el café. Opinar sin sustento se ha convertido en un gesto cotidiano, casi celebrado.

2.

Me viene a la mente un libro maravilloso que leí durante la pandemia: “Dignos de ser humanos” de Rutger Bregman. Allí el historiador y escritor holandés se pregunta por qué tenemos una imagen tan negativa del mundo si, obviamente, vivimos en una época de mayor prosperidad, mayor seguridad y salud pública de la historia.

Según Bregman, las noticias funcionan como uno de los productos más adictivos de nuestro tiempo. No porque reflejen la norma, sino porque se concentran en la excepción: atentados, violencia, catástrofes. Lo extraordinario se vuelve cotidiano y lo cotidiano desaparece. Agrega además un dato relevante para lo que comentaba al principio: el ser humano, es más sensible a lo negativo que a lo positivo.

Quizás por eso prestamos más atención a esas excepciones, y menos a historias casi revolucionarias para estos tiempos, donde hay cooperación, solidaridad y cuidado. No somos tan malos como nos hacen creer, pero nada de eso ayuda con el rating.

3.

Y es cuando tenemos mayor acceso a la información que, paradójicamente, parecemos más estúpidos. Algo parecido al tal efecto Dunning-Kruger: cuanto menos sabemos, más seguros estamos. Y cuanto más seguros estamos, más opinamos.

Cómo será nuestra necesidad de control que hoy todo parece requerir un “final explicado”. En cuanto escribes en el buscador de Google el nombre de una serie o una película, inmediatamente las sugerencias y primeros resultados son una serie de links a blogs y canales de YouTube con opinologos explicando todo lo que muchas veces no requiere de explicación.

No nos basta con sentir: buscamos la interpretación correcta, la opinión autorizada o lo que es peor, que nos digan qué pensar. Y entonces me pregunto si no será ahí donde empieza el problema: cuando dejamos de tolerar la duda, el misterio, la ambigüedad.

Tal vez la salida no sea informarnos menos, sino aprender a dudar mejor. Volver a leer antes de opinar, a escuchar antes de sentenciar, a aceptar que no todo necesita ser explicado. Quizás, después de todo, la inteligencia no consista en tener respuestas, sino en animarse a convivir con las preguntas.

Andy.

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