Antes de poder decirlo, ya lo pensé todo

Hay algo profundamente incómodo en no tener control.
No sobre todo, solo sobre lo que importa.
Esa sensación de querer hacer algo, de intervenir, de acercarte, de asegurarte de que todo esté bien… y no poder. No porque no quieras, sino porque simplemente no está en tus manos.
Entonces el cuerpo se queda con esa energía sin salida.
Con ese impulso de proteger que no encuentra dónde ponerse.
Y en ese vacío, la mente hace lo que puede.
Empieza a llenar los espacios.
A construir versiones.
A anticiparse.
No siempre desde la lógica, casi nunca desde la calma.
A veces esa incomodidad se disfraza de enojo.
Otras veces de distancia.
Otras, de silencio.
Pero si lo miras más de cerca, no siempre es ninguna de esas cosas.
A veces es simplemente la mente intentando protegerte de la incertidumbre, adelantándose, exagerando, imaginando.
Como si prepararse para lo peor fuera una forma de sentirse menos vulnerable.
Aunque en el proceso, termine generando exactamente lo que intenta evitar.
Quizá la parte más difícil no es lo que pasa afuera.
Es sostener lo que pasa adentro cuando no puedes intervenir.
Quedarte ahí.
Con las manos quietas.
Sin resolver, sin corregir, sin aparecer.
Solo observando cómo se mueve todo por dentro…
hasta que, eventualmente, se calma.
